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Director General: Pedro Ricalde Arjona


Domingo, 19 de Enero del 2020
Num. 1041

La austeridad republicana

Hace 50 años, una junta militar, como tantas otras, derrocaba, en un hecho aberrante de nefastas consecuencias para el futuro del país , a don Arturo Illia, como presidente constitucional de la República Argentina. Don Arturo como se lo conocía era un medico surgido de un pequeño poblado de la provincia de Córdoba, la mediterránea provincia argentina. Mucha gente recuerda aún  ese médico rural, hombre sencillo,  con sarape sobre los hombros que llegó a ser presidente de la Nación y se convirtió en la dimensión ética una verdadera leyenda republicana.
Hace poco tiempo, en medio de un recital, del cantautor Jairo, este contó una vivencia estremecedora de su pueblo, Cruz del Eje. Una madrugada su hermanita no paraba de temblar mientras se iba poniendo morada. Sus padres estaban desesperados. No sabían que hacer. Temían que se les muriera y fueron a golpear la puerta de la casa del médico del pueblo. El doctor Arturo Illia se puso un abrigo sobre el pijama, se trepó a su bicicleta y pedaleó hasta la casa de los González (apellido de Jairo).  Apenas vio a la nenita dijo: “Hipotermia”. “No sé si mi padre entendió lo que esa palabra rara quería decir”, contó Jairo. La sabiduría del médico ordenó algo muy simple y profundo. Que el padre se sacara la camisa, el abrigo y que con su torso desnudo abrazara fuertemente a la chiquita a la que cubrieron con un par de mantas. “¿No le va a dar un remedio, doctor?”, preguntó ansiosa la madre. Y Arturo Illia le dijo que para esos temblores no había mejor medicamento que el calor del cuerpo de su padre.
A la hora la chiquita empezó a recuperar los colores. Y a las 5 de la mañana, cuando ya estaba totalmente repuesta, don Arturo se puso otra vez su gastado abrigo, se subió a la bicicleta y se perdió en la noche. Llegó a la presidencia en 1963, y fue derrocado por sus aciertos y no por sus errores. Por su histórica honradez, por la autonomía frente a los poderosos de adentro y de afuera. A Illia nunca le perdonaron eso. Nunca le perdonaron tanta independencia. Hoy se cumplen 50 años de aquel día. Don Arturo, siendo presidente,  caminaba por la calle sin escoltas, entraba a comer en el primer restaurant o fondita que se le cruzaba en el camino. Nunca más un presidente volvió a viajar en metro o  tomar café en las esquinas. Nunca más un presidente hizo lo que él hizo con los fondos reservados: no los tocó. Todavía no habían llegado los tiempos de los vidrios polarizados y los guardaespaldas. Don Arturo tuvo un viejo Renault que debió vender cuando dejó de ser presidente para pagarle una operación en la ciudad de Houston a Silvia, su esposa, que, de todas maneras, murió poco tiempo después. A Don Arturo Umberto Illia se lo extraña  por el resto de nuestros días, porque hacía sin robar. Porque se fue del gobierno mucho más pobre de lo que entró y eso que entró pobre. Su modesta casa y el consultorio fueron donaciones de los vecinos y en los últimos días de su vida atendía en la panadería de un amigo. Yo tenía 12 años cuando los militares y  la Policía Federal lo arrancaron de la casa de gobierno. Años después, cuando mi padre coordinaba un proyecto de las Naciones Unidas en Oaxaca, un vecino lo llamó y le dijo “tu presidente está en el zócalo tomando un café. Fuimos a verlo. Don Arturo ahí estaba, tomando un te de manzanilla, se puso a conversar con nosotros, me tocó la cabeza y se ofreció a llevar alguna carta ya que regresaba al país. Recuerdo que mi padre había comprado una lupa de gran tamaño para que mu madre, operada de la vista, pudiese leer con mayor confort. Don Arturo muy gentilmente se ofreció a llevarla. Subimos al cuarto del hotel y tenía su ropa interior lavada por sus manos secándose junto a la ventana. Profesaba una especial admiración por Benito Juárez y había ido a visitar su origen en Guelatao. Recuerdo que meses después mi abuela contó la anécdota de que sonó el teléfono y una voz le dijo: “no me corte, no es broma. Soy el doctor Illia y le traigo un regalo de su hijo Bruno”.  Ese era Don Arturo. Murió en 1983, dejando como legado una famosa frase que hoy debe ser un  ejemplo para muchos: “Una estado está en peligro, cuando su gobernante habla todos los días y se cree la persona más importante”. Con el recuerdo y afecto hacia un hombre de su tiempo.

 

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