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Director General: Pedro Ricalde Arjona


Viernes, 24 de Mayo del 2019
Num. 1007

Conociendo a Fernando

“Che pibe, hoy llega un senador a la madrugada y te toca ir a buscarlo”. Con estas palabras, recibí la instrucción de un funcionario de la embajada argentina en México, donde allá por el año 1973, con 19 años,  me desempeñaba como empleado de la sección cultural.
El vuelo de Aerolíneas Argentinas arribó como a las dos de la mañana. Ese senador que llegaba era Fernando de la Rúa,  miembro de la oposición y la única persona que había derrotado al peronismo en su apabullante triunfo electoral de ese año. De la Rúa, un estudioso del derecho y uno de los profesionales más reconocidos en materia de procesal penal, llegaba a México invitado por la UNAM a dar unos cursos en el  Instituto de Investigaciones Jurídicas, que dirigía el excelso doctor y profesor Héctor Fix Zamudio. Su triunfo por el distrito de Buenos Aires lo  había convertido en el senador más joven de la historia política del país  y los periódicos de todo el mundo lo llamaban “el Kennedy argentino”
La condición de no pertenecer al partido gobernante, no le brindó durante su visita, muchas posibilidades  de conectarse con los funcionarios de la embajada, en ese momento altamente politizada con la presencia del ex presidente  Héctor Cámpora al frente de la misión. Por lo tanto durante su estadía en la ciudad de México  y dado también mi condición de estudiante de la universidad, fui nombrado su acompañante oficial. En esos días pude conocer a una persona inteligente, de un respeto absoluto por las formas institucionales y los valores republicanos de la democracia. Entablamos un diálogo ameno entrecruzando mis sueños futuros y sus visiones de un país diferente.  De regreso a Buenos Aires, se ofreció y cumplió a rajatabla el recopilarme  material existente en el congreso para mis investigaciones en administración de gobierno,  que yo usaría  para elaborar mi tesis. y puntualmente me lo mandaba para mi información. No eran tiempos de mails ni faxes así que un sobre de correo ordinario, siempre me llegaban documentos  con una afectuosa nota que decía “Te puede interesar”
Ese intercambio epistolar y de diálogo permanente prosiguió durante mis años de doctorado en Europa y mi posterior misión diplomática en Cuba.  Cuando en los albores de los 80 regresé a una Argentina que quería terminar con el ciclo de las dictaduras militares,  Fernando me invitó a acompañarlo en la creación del  Centro de Estudios para la República, un think tank que apoyaría su precandidatura a la presidencia en el retorno a la vida democrática del país. En una suerte de espacio deliberativo, el Centro se convirtió rápidamente en una usina de ideas y proyectos que apuntalaron lo que sería luego  su trayectoria política. Electo senador nuevamente en 1983 y 1989, diputado federal en el 91, y otra vez más senador en el 1993, fue luego el primer Jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires para finalizar su trayectoria como presidente de la Nación. Fernando de la Rúa representaba la garantía de triunfo electoral del partido la Unión Cívica Radical, ya que su sola presencia en la planilla significaba un incremento de por lo menos 15 puntos arriba del promedio histórico del partido. Con un estilo especial de hacer política, siendo pionero en  caminar por las calles, hablar y meterse en los problemas de la gente, como los jubilados, las minorías indígenas y la violencia en el futbol,   jamás perdió una elección y su figura era para muchos,  la garantía institucional de la conducta republicana. Las principales leyes que apuntalaron la incipiente  democracia del país salieron de la prolijidad y obsesión de su propia pluma, un bolígrafo marca BIC color negro que siempre llevaba en su saco y compraba por cajas durante sus caminatas por la calle.
Tuve la posibilidad y el orgullo de acompañarlo en todas sus campañas y trayectoria, como coordinador  de muchas de ellas,  como un enamorado más de la política, o como su asesor en sus funciones legislativas y de gobierno  Hicimos cosas novedosas, incorporamos jóvenes estudiantes de las universidades como colaboradores voluntarios, desafiamos los espacios políticos tanto de la oposición como del propio partido. Muchas veces discutimos, tuvimos visiones diferentes y  hasta algunos alejamientos por falta de una comunicación más fluida producto de las rencillas propias de los círculos de siempre. Sin embargo siempre existió ese respeto mutuo por nuestras propias convicciones, las cuales el propio tiempo las fueron poniendo en su lugar.
Puede resultar ridículo  que escriba hoy sobre un presidente que tuvo que  abandonar su mandato antes de tiempo y dejar el país en un  estallido social y caos económico. Puede ser  patético  hablar que de las debilidades institucionales  que surgieron desde el inicio mismo de su  proceso y el  progresivo sentimiento de “desencanto” producto del creciente contraste entre la diversidad de expectativas que había despertado su arribo al poder y  las posibilidades reales de satisfacerlas, pero bueno hoy he querido recordarlas con especial nostalgia.
Siento, sin embargo,  que Fernando de la Rúa fue un presidente para una Argentina que en realidad no existe y cuya visión republicana fue estrellándose frente a la discusión sobre temas temporales cuya trascendencia fueron  tan efímeras como la propia coyuntura. Jamás logró imponer su voluntad de establecer una agenda con  definiciones sobre temas trascendentes para consolidar  un destino que nos permitiera, de una vez por todas, encaminarnos en un proceso de fortalecimiento institucional, crecimiento sostenido, bienestar colectivo y que nos alejara de los límites de la marginación y la exclusión. Tampoco a la dirigencia tanto política, empresarial como social le interesaba. Por eso su gobierno debió de ser algo más que normas, leyes y formas de organización. Nunca pudo constituirse, como quizá su pensamiento lo deseaba,  en  una cultura política, es decir un cuerpo de creencias sustentada por valores y expresada colectivamente a través de actitudes y conductas. No se lograron  consensos políticos (más que electorales y de apetencias personales) y sociales para el logro de acuerdos que permitieran cambiar los viejos parámetros de la asignación de recursos públicos y los destinara a los que realmente los necesitaban.  No se pudo erradicar el clientelismo, el histórico protagonismo caudillista, ni generar mecanismos de  participación de los ciudadanos, principios fundamentales de todo proceso de consolidación política.
Como partícipe activo  de esos tiempos fui testigo de que una  república para sobrevivir  necesita crear expectativas hacia un  futuro estable y que no puede hacerlo con instituciones débiles, con procesos económicos muy lejanos a la búsqueda del bienestar colectivo.  Diciembre 2001 fue la reacción a la suma de años de errores, de apetencias de poder sin límites, de corrupción institucionalizada, de caudillismo prebendario y clientelismo asistencialista.  Lamentablemente ese modelo aun sigue vigente y perdura.
Al Fernando de la Rúa presidente le reconozco que  jamás pudo transmitir su pensamiento de que un país avanza hacia su consolidación republicana cuando hay un sólo patrón para medir los valores éticos y su responsabilidad civil;  Como ciudadano puedo asumir que nos debemos una profunda reflexión y un exhaustivo examen de conciencia; sobre nuestras propias debilidades y errores y los por qués de habernos quedado a mitad del camino.
El pasado 23 de diciembre el Tribunal Oral Federal de la justicia argentina, luego de un juicio que duró 12 años sobreseyó a De la Rúa  de los hechos que originaron una causa por cohechos en el Senado. La  claridad y contundencia del fallo, el prestigio de los jueces que lo firman, excluyen cualquier duda sobre su inexistencia. Fernando se convirtió de hecho en su propio abogado en la causa y una vez más su pluma jurídica se hizo valer y ello tiene una  gran significación personal e histórica y representa  una alta reivindicación ética  ante lo que durante tantos años le  causó  injustos perjuicios.
Fiel a su costumbre camina tranquilamente por la calle, sin ningún tipo de seguridad personal, conversa con la gente, asume sus errores, reconoce los tiempos pasados y que su vida política quedó allá lejos. Sólo sus propios pensamientos sabrán donde caminaran en la, a veces,  tan cruel narración histórica de los hechos y parafraseando a Calamaro seguramente repetirá “ Caminando, caminándote, mi calle que quizás yo pueda cambiar”
Hace unos dias, cenamos apaciblemente en un rincón popular de Buenos Aires en una extensa velada que duro como hasta las dos de la mañana. Llego como siempre, caminado, solo, la gente a pesar de todo sigue reconociendo su sencillez y capacidad de mezclarse sin ostentacion en los rincones de la ciudad. Al Femando de la Rúa con quien compartí muchos años de mi vida, sigo teniéndole mi respeto, admiración, en un sentimiento muy fraterno, por su persona e investidura  y celebro siempre aquel “Che pibe, hoy llega un senador a la madrugada y te toca ir a buscarlo”  que fue el origen de  mi valorada amistad.

 

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